
Una investigación liderada por el Instituto de Parasitología y Biomedicina López-Neyra (IPBLN-CSIC) ha identificado una nueva vía terapéutica para el tratamiento del ictus isquémico. El estudio demuestra por primera vez en un modelo animal que la molécula cortistatina, conocida hasta ahora por su papel en la regulación del sueño y del sistema inmunitario, también actúa como un regulador natural de la respuesta neuroinmunitaria tras un infarto cerebral.
Los resultados, publicados en la revista Journal of Biomedical Science, muestran que esta molécula interviene simultáneamente en tres procesos clave para limitar el daño cerebral: la inflamación, la integridad de los vasos sanguíneos y la supervivencia de las neuronas. La investigación ha sido liderada por la doctora Elena González-Rey, del IPBLN-CSIC, en colaboración con la doctora Julia Castillo-González, del Hospital Universitario de Lausanne (Suiza). Los investigadores consideran que este hallazgo abre la puerta al desarrollo de nuevas estrategias terapéuticas para una enfermedad que continúa teniendo opciones de tratamiento limitadas. Además, ofrece una posible explicación de por qué algunos pacientes presentan una evolución mucho peor que otros tras sufrir un ictus.
Un regulador natural frente al daño cerebral
Para analizar el papel de la cortistatina, el equipo combinó estudios moleculares realizados en pacientes que habían sufrido un ictus con experimentos preclínicos en modelos animales. Los ensayos incluyeron ratones modificados genéticamente para carecer de esta molécula lo que permitió evaluar cómo respondía el cerebro a la isquemia en su ausencia. Los resultados mostraron que los niveles de cortistatina disminuyen de forma significativa después de un ictus, tanto en personas como en animales, y que esa reducción está relacionada con una mayor gravedad del cuadro clínico.
Además, cuando el organismo carece de esta molécula, el cerebro presenta una respuesta inflamatoria más intensa, mayor deterioro vascular y un incremento del daño neuronal provocado por la falta de riego sanguíneo. Según las investigadoras, estos resultados indican que la cortistatina forma parte de los mecanismos naturales que utiliza el organismo para limitar el daño cerebral tras un ictus y favorecer la recuperación del tejido afectado.
Mejora la recuperación incluso varios días después del ictus
El estudio evaluó también el potencial terapéutico de la administración de cortistatina como tratamiento, tanto durante la fase aguda del ictus (las primeras 48 horas) como en la fase subaguda (hasta siete días después del episodio). En ambos escenarios, la molécula mostró efectos neuroprotectores relevantes. El tratamiento favoreció la supervivencia de las neuronas, redujo la sobreactivación del sistema inmunitario, preservó la integridad de los vasos sanguíneos y protegió la mielina (capa que recubre los axones) y permite la correcta comunicación entre las neuronas.
Los efectos beneficiosos se observaron tanto en animales jóvenes como adultos, un resultado que refuerza el potencial de trasladar estos hallazgos a futuras investigaciones clínicas. Las autoras destacan que la principal fortaleza de la cortistatina es su capacidad para actuar sobre múltiples mecanismos implicados en el daño cerebral. Un hecho que la diferencia de los tratamientos actuales que suelen dirigirse a un único proceso y están limitados a las primeras horas tras el ictus.
Hacia tratamientos más personalizados
La investigación también apunta a que la cortistatina podría convertirse en un biomarcador útil para identificar a los pacientes con mayor riesgo de desarrollar complicaciones tras un infarto cerebral. Comprender cómo evolucionan sus niveles después del ictus podría ayudar a explicar las diferencias en la recuperación entre pacientes y facilitar el desarrollo de terapias más personalizadas. Los investigadores consideran que el trabajo representa un avance significativo en la búsqueda de tratamientos capaces de reducir el daño cerebral más allá de la fase hiperaguda del ictus.
El ictus isquémico constituye la principal causa de discapacidad adquirida en el mundo y la segunda causa de mortalidad. Se produce cuando el flujo sanguíneo hacia una parte del cerebro se interrumpe de forma brusca, provocando la muerte de neuronas por falta de oxígeno. En la actualidad, las terapias disponibles se centran fundamentalmente en restablecer la circulación sanguínea. Sin embargo, no existen tratamientos dirigidos a controlar los procesos inflamatorios, el deterioro vascular o la muerte progresiva de neuronas que continúan produciéndose durante los días posteriores al episodio. En este contexto, los resultados obtenidos por el equipo del IPBLN-CSIC ofrecen una nueva perspectiva para desarrollar terapias que también reduzcan las secuelas y mejoren la recuperación funcional de los pacientes a medio y largo plazo.





