
Seis años después del inicio de la pandemia, el mapa de la desinformación científica en España ha cambiado. Las vacunas, que en 2022 encabezaban las alertas ciudadanas con un 37,5% de menciones, han cedido el primer puesto. Ahora es la alimentación y el bienestar el terreno más fértil para los bulos. Así lo refleja la segunda edición del estudio Desinformación Científica en España 2026, publicado por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT).
El 40% de los encuestados declara haber recibido información que cree que puede ser falsa sobre nutrición durante la última semana. Tras la alimentación se sitúan el cambio climático (36,2%), los tratamientos médicos (31,9%) y las vacunas (28,3%). La desinformación científica, concluye el estudio, se ha normalizado en cuestiones de gran relevancia cotidiana.
La IA irrumpe como canal informativo con una relación ambivalente
El estudio detecta un cambio relevante en cómo los españoles se informan sobre ciencia, salud y medioambiente. La inteligencia artificial ha entrado con fuerza como canal informativo: el 14,3% la consulta a diario y el 32,3% al menos semanalmente. Se sitúa así en posiciones similares a la prensa en papel, la prensa online y la radio. Las redes sociales, la televisión y la mensajería instantánea siguen siendo los medios más usados. La brecha generacional en el uso de la IA es la mayor de todos los medios analizados: tres de cada diez jóvenes de entre 16 y 24 años la consulta a diario para informarse sobre temas científicos, frente al 7% en mayores de 65.
Sin embargo, la relación de los españoles con la IA como fuente de información científica es de ambivalencia. Solo el 33,7% confía en ella como fuente fiable y el 62,4% reconoce que facilita la distribución de bulos. Esa desconfianza no frena su adopción: los españoles la usan aunque no se fíen del todo de lo que les dice, un patrón que también se observa con las redes sociales.
El experimento que demuestra cómo frenar los bulos
Una de las novedades de esta edición es la inclusión de un experimento sobre la intención de difundir desinformación. Los resultados son claros y tienen implicaciones directas para el diseño de políticas públicas y estrategias de comunicación. Cuando se invita a las personas a reflexionar sobre si una noticia es creíble y si querrían verificarla antes de compartirla, la difusión de contenidos falsos se reduce de forma significativa, especialmente en redes sociales. El efecto contrario ocurre cuando la reflexión es emocional: pensar en cómo hace sentir una noticia antes de evaluar su veracidad aumenta la intención de difundir bulos. Y lo que es más inquietante, esa activación emocional interfiere parcialmente con el efecto protector de la reflexión crítica, incluso cuando ambas se producen juntas. Pensar primero en cómo te sientes puede sesgar después tu evaluación de si algo es verdad.
Los científicos, la institución más confiable de España
En un contexto de desconfianza institucional generalizada, el personal científico destaca como excepción. El 83,8% de la sociedad española confía mucho o bastante en los científicos para afrontar problemas de ciencia, salud y medioambiente, el nivel más alto de todas las instituciones y actores evaluados, sin excepción, y sostenido en todos los grupos sociodemográficos. La AEMET ocupa el segundo lugar con un 73,9%.
El estudio también documenta una brecha persistente entre la confianza que los españoles tienen en su propia capacidad para detectar bulos (el 51,5% se siente capaz en algún grado) y la que depositan en los demás (solo el 18,1% cree que la persona promedio puede hacerlo). Esa percepción de vulnerabilidad ajena alimenta la demanda de intervención: el 63,8% apoya que el Gobierno restrinja la información falsa, aunque eso limite la libertad de prensa.
Recomendaciones del informe
El estudio cierra con un paquete de recomendaciones dirigidas a administraciones, plataformas digitales, sistema educativo y actores de comunicación científica. Entre las más destacadas figuran incorporar la IA en los programas de alfabetización mediática, entrenar la verificación en contextos de activación emocional, desarrollar estrategias específicas para el canal conversacional de la IA y aprovechar la alta confianza en el personal científico como palanca de comunicación. El informe también plantea la necesidad de convertir la verificación en hábito social, integrar los desmentidos en medios de comunicación masivos y regular con legitimidad democrática pero con estrictas salvaguardas para la libertad de expresión. Y como condición de todo lo anterior: institucionalizar la medición periódica para evaluar qué medidas funcionan realmente.





